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(del 1500 al 1900)
Exposición 2026 / 2027
La escritura femenina es un portal que permite adentrarse en el pasado y conocer voces ausentes que han dejado huellas de tinta. Aunque ha resultado un saber confinado con recelo, algunas historias han logrado escapar y llegar a nuestras manos a través de los archivos.
Esta exposición trae a la luz documentos escritos por mujeres de habilidades gráficas y niveles socioeconómicos y educativos diversos, en los que el público se verá inmerso y reflejado siguiendo la narración de sus vivencias.
«Mujeres que escriben» se enmarca en el Proyecto Letradas dedicado a la descripción, transcripción y estudio de estos manuscritos y que conforma un corpus documental (del 1400 al 1900) de valor inigualable para conocer el uso que las autoras de esos textos hacían de la lengua y la escritura, así como para discurrir sobre sus experiencias vitales, difundiendo y conservando unos tipos documentales custodios de memorias femeninas silenciadas.
La exposición recorrerá las salas y espacios expositivos de las universidades e instituciones participantes en el Proyecto. Además, cuenta con esta versión virtual completa, totalmente accesible, disponible indefinidamente.
Los documentos que muestran el día a día de las mujeres protagonistas de esta exposición están conducidos mediante una narración dramatizada y dispuestos en forma de crónica, desde el alumbramiento hasta el ocaso, ofreciendo una panorámica de los acontecimientos vitales ineludibles en la vida de cualquier mujer. Esta narración constituye una audioguía amena que recomendamos y que puedes seguir en la narración dramatizada.
Nací hace mucho tiempo, tanto que no sabría datar mi existencia. Sin embargo, de entonces, conservo un pequeño papel escrito por mi madre, una breve nota.
Al leerla, ten en cuenta que a la repercusión social que supone nacer mujer o ser niña se le han de añadir las consecuencias económicas derivadas de la clase a la que pertenezco. Esto determina mi acceso a la sanidad, a medicamentos, a una alimentación de calidad, el índice de mortalidad y otros factores afines.
El legado que conservo de mis progenitores, como niña nacida sin recursos y confiada a la inclusa, puede ser desde mi propio nombre hasta el bautismo que me da la entrada al paraíso o algún maravedí rascado del bolsillo, junto a la esperanza de que sirva para que coma mejor, estudie o me case bien.
En la inclusa, no solo comparto ama de cría con otras niñas, sino que también sufro a administradores desalmados o tacaños a los que, por suerte, otras mujeres, que tienen en cuenta nuestro bienestar, se enfrentan para conseguir financiación y recursos con los que alimentarnos y vestirnos. Un ejemplo de ello es Simona de la Calzada, que rinde cuentas ante la Junta de Damas de Honor acerca de las condiciones en las que nos encontramos las incluseras. También Juana Álvarez me cuida de la corrupción moral a la que en ocasiones nos vemos enfrentadas. Así lo hizo cuando yo, Eugenia, fui entregada a Mariquita, una ama de cría “abandonada a sus vicios, instruida en las más depravadas maldades, sin religión que la guíes” que me da mal ejemplo y de la que aprendo malas formas y me deslenguo.
Algunas niñas no somos abandonadas en inclusas y, sin embargo, la vida junto a nuestros progenitores no es dichosa. Así me sucedió que, siendo yo Teresa Manzano, con tan solo 10 años, un juez tuvo que hacerse cargo de mí porque mi padre me maltrataba, según reza en el registro del fiscal.
Y, aunque no acabé en un orfanato, al final se decidió que me depositaran en la propia casa del fiscal, quedando a su cuidado.
Cuando la diosa Fortuna me permite nacer en una familia acomodada, las anécdotas que os puedo contar son muy distintas. Tengo educación, cultura y, sobre todo, me enseñan a escribir y a conservar mi voz para la posteridad. Escribo cartas a mis familiares, hablo de mis días, deseo la salud de mis mayores, agradezco regalos recibidos o pido algunos otros.
Siendo Amalia, me permití escribir a los Reyes Magos pidiendo regalos. Y una vez, siendo Isabel, mi madre me cedió el lugar de la postdata para escribir a mi tía y pedirle un pequeño capricho.
Para mi educación utilizan manuales sobre el buen hacer, el buen ser y el buen escribir, que dejan visible marca de formalidad en mis cartas. Así, incluso jóvenes, las niñas más pudientes aprendemos fórmulas para saludar y despedirnos.
Observa la carta que le escribí a mi querido abuelo en la que, muy educadamente, le doy las gracias por tan precioso regalo y me despido como Dios manda.
Como cualquier niña, cuando he tenido la oportunidad, he jugado, he reído y me lo he pasado bien con mis amigos y amigas. En ocasiones, los juegos seguirán presentes hasta la madurez. Así me entretendré siendo Francisca Ric y Pueyo con el juego del guiñote.
Los nacimientos de hermanas o primas son acontecimientos llenos de emoción para mí, aunque no todos los embarazos se reciben con regocijo, pues siendo el hijo varón el que ostenta el derecho de heredar y perpetuar el apellido familiar, mis padres manifiestan sentimientos encontrados o desprecio cuando reciben la noticia de la venida de una niña, ni aunque nacieras en cuna real, como lo es ahora la mía.
Así se atrevió a hablar de mi, Mariana de Austria, un tal Jerónimo Barrionuevo: “y si ha de ser hija, ¿para qué la queremos? Mejor será que no esté embarazada, que mujeres hay hartas.”
Algunas madres, de habitual felices durante sus embarazos, no muestran desdén por parir hijas, sino angustia y conmiseración por el futuro que este mundo ofrece a nuestras niñas, a las niñas como yo.
Y si hablamos de salud e higiene femeninas, tenemos que detenernos en esos días del mes.
La menstruación, a veces celebrada por su vínculo con la fertilidad, no se libera del rechazo social. Su mención, en ocasiones, se percibe sucia, grosera, de mal gusto; un tema inapropiado y vergonzoso.
No obstante, yo Francisca Fernández de Córdoba, una señorita en 1708, escribí a mi amiga sobre este tema sin pudor, como realidad cotidiana que es.
Tantas vidas, tantos amores y tantos maridos… incluidas aquellas en las que me caso con Dios. Ah… y esas vidas en que me mantengo soltera, algunas por decisión propia y otras por designios del destino. También están aquellas en que me prohiben casarme con quien más anhelo.
Esta es mi vida a finales del siglo XVIII en Hormigos con mi marido Bernabé, con el que el amor apenas duró un suspiro. El 24 de diciembre de 1794 llegó a casa, tras pasar todo el día fuera, “y con mucha furia principió a darme de golpes con una vara bien gruesa que traía en la mano. Me dio unos cuantos, me dejó caer un gran porrazo y me escalabró de un golpe, me hizo echar mucha sangre de la boca de los golpes que me dio”. ¿Qué hubiera sido de mí si mi pobre madre, a la que también hirió, no hubiese estado allí? El alcalde y los vecinos que le habían avisado hubieron de restringirlo y llevarlo a la cárcel.
Cinco días después, visité al alcalde para decirle que nuestros problemas venían del gusto de Bernabé a la casa de las Alfonsicas y supliqué: “nada pido contra mi marido por la ofensa que me había hecho de haberme dado los golpes, antes por el contrario, suplico a su merced que, usando de caridad, se absuelva de todo, imponiéndole el apercibimiento que tenga a bien”. El alcalde lo liberó, conminándolo a no volver a la casa de la discordia.
A los pocos días, volví a escuchar que había sido visto de nuevo donde siempre iba, pero huyó del pueblo y me quedé sola.
En el mismo municipio, yo Juana, no tuve mejor suerte. Menos de un año después, a finales de septiembre de 1795 iba con nuestras hijas a buscar a mi marido Pedro. Tuve la desgracia de cruzarme con Ramón Riscales y compañía. Este me “metió la mano por debajo de los guardapieses y llegó a tocarla con su mano en las carnes hasta la tripa”. Y porque pasó el escribano y su mozo que pude escapar.
Viendo que no venía mi marido regresé a la villa a buscarle y, al regresar al mismo sitio, me volví a encontrar con los mismos. Les dije que estaba esperando a mi Perico: “a que respondió el mismo Ramón: ‘Yo soy Perico, vaya, que te tengo brava gana’. Y la quitó la criatura que tenía en los brazos. La asió, se resistió Juana agarrándole de los cabellos y otras defensas que pudo hacer como mujer. Nada la bastó, y llegó el caso de tenderla en el suelo… Aunque veía que la niña andaba alredor llorando, hasta conseguir el fin de que se aprovechó carnalmente de ella. Que la dijo al cabo: ‘No me has dejado lograr a mi gusto lo que intentaba’”.
Y cuando llegó mi marido, aquel al que salí a esperar junto con las niñas, presentó una denuncia, no a Riscales por violarme delante de nuestras hijas, sino a mi, por adúltera y por haber “pospuesto el santo temor de Dios, en grandísima ofensa suya, grave daño de su alma y conciencia [del agresor] y en menosprecio de la real jurisdicción”. ¡Ale!
Bien conserva el archivo la correspondencia en la que yo, María Teresa de Melgarejo y Cárcer, describo entre los años 1816 y 1837, el maltrato físico y económico que ejerce sobre mí mi marido Cayetano. Varias de esas cartas revelan la situación de desamparo en la que me deja mi familia política, a la que le cuento, incansable, lo que me hace pasar Cayetano.
Como te puedes imaginar, Cayetano me era infiel, y, además, quiso usar el dinero de mi dote para gastarlo en dichos asuntos.
Con estos hubimos de casar muchas de nosotras, escuchar las habladurías del pueblo, cubrir sus golpes de nuestros rostros y fregar el suelo con las costillas magulladas. Que es un hecho, y no cosa moderna, que la que ha tenido suerte en el matrimonio ha vivido con amor; pero la que no, vive un auténtico calvario.
Como mujer, la sororidad de la comunidad en la que vivo ha sido fundamental. Los lazos de amistad y ayuda que he logrado mantener con los años, el encuentro con otras mujeres que entienden y empatizan con algunas situaciones similares por las que he pasado, compañeras en las que he confiado ciegamente… todo ello queda reflejado en mis escritos.
Estas redes de ayuda y supervivencia sirven también para ampliar contactos. Cualquier ayuda es bien recibida y, a veces, la influencia de una madre, hermana, amiga o esposa sobre su familiar o marido es más que notoria.
En lo referente a nosotras, las mujeres trabajadoras, la historia ha producido un relato sesgado en el que no hemos sido productoras o no hemos realizado actividades remuneradas hasta el siglo XIX, con la irrupción de la revolución industrial. Sin embargo, ya hablemos de actividad remunerada, reconocida, valorada o no, la mujer ha trabajado desde siempre y, de ello, dan buena cuenta nuestros escritos.
Dentro de la casa me he ocupado de ella en su totalidad, desde la limpieza y el orden del hogar y la preparación de comidas, al cuidado y crianza de pequeños y mayores. Con menor notoriedad también me he encargado de manejar la economía de la hacienda o equipando a la familia y a la casa con lo necesario.
Fuera de ella, he trabajado como cualquiera cuando llega la cosecha, cuando se trenza el esparto o se acarrea la leña; aporto al negocio familiar atendiendo tras el mostrador del ultramarinos, reponiendo, llevando las cuentas; en la taberna sirviendo tras la barra…
Uno de los trabajos mejor tolerados por la sociedad para nosotras es el de maestra de niñas. En ello, no solo nos ocupamos de dar la lección, sino que gestionamos el quehacer de la escuela, firmamos cartas de pago, elaboramos presupuestos, redactamos inventarios de muebles y enseres, etc.
También elaboramos las listas de libros que se van a usar en las diferentes materias que enseñamos.
Recuerdo cuando yo, Eugenia, escribí al Tribunal Inquisitorial de Toledo para que se me permitiera seguir enseñando a leer a las niñas, después de que me denunciaran simplemente por no estar de acuerdo con las correcciones que se me impusieron.
O cuando yo, Josefa Martínez y Moreno, cansada de que se menospreciara cualquier actividad que realizan las mujeres, me vi en la necesidad de denunciar valientemente la situación de desigualdad salarial que estaba viviendo, también como maestra de niñas.
Cuando yo, Gertrudis Gómez de Avellaneda, pude transmitir por escrito mi disconformidad en lo que respecta a la desigualdad de trato que se me estaba infligiendo frente al recibido por mis colegas escritores, escribí con estas palabras que puedes leer.
Casar con Dios es otra forma de amor, de fe o de devoción… otra forma de vida. A veces por obligación, en el caso de nobles, viudas o repudiadas; por necesidad o simplemente por veneración. Yo, sor María de los Dolores hube de pedir a mi abuelo, el marqués de Algarinejo, su ayuda económica para mi profesión.
Algunas de nosotras encontramos más libertad aquí en el convento que fuera de él. Dueñas de nuestro tiempo y nuestro pensamiento, podemos leer, escribir, pensar. Ya sea por vocación o no, la realidad es que el trabajo en el convento no requiere de menos esfuerzo que cualquier otro. Cuidamos de infantes, de personas enfermas o ancianas, tratamos de ayudar a los que viven en la pobreza o recaudamos fondos para los más necesitados. Alguna vez me he visto obligada, en momentos de enfermedad, a pedir limosna.
En mi caso, como María Joaquina de Santa Rosa, es mi hermano el que atiende mis súplicas. Mi persuasiva pluma como Joana María Nieto convenció igualmente a mi tío cuando le solicité ayuda económica. En otras ocasiones, sabida de la generosidad del ilustre noble de la zona, me permitía abusar de sus dones. Bochornoso es el recuerdo que me queda de pedir amparo, yo Felipa Molete, al conde de Garcíez, insistiendo incansable para conseguir unas monedas.
Ahora bien, ni ser mujer de alta alcurnia ni reina consorte le impide a una ser despreciada por las personas que ostentan una mayor posición social, incluso cuando hablamos de la misma sangre. Mi propio familiar, probablemente habréis oído hablar de él, Fernando V de Castilla, hacía caso omiso de su pobre hermana.
Ocuparme de la familia, de la casa o de mí misma, en tiempos de guerra, es aún más arduo, pero no por ello dejo de luchar.
Cuando la guerra ha arrasado mi patria, cuando ha ardido mi hogar, muerto mi marido, encarcelado a mi hijo, cuando he mandado a mis niñas a las colonias, entonces… no me queda nada. No importa a quién tenga que escribir, cuánto tenga que suplicar o el tiempo que deba seguir sin rendirme. Muchas madres alejamos de la guerra a nuestros hijos e hijas enviándolos lejos de nosotras. Ahora, con nuestra mejor letra y modales dirigimos cartas a cualquiera que pueda acercarnos: cordiales y protocolarias, saludamos con respeto, exponemos a desconocidos nuestras penas y miserias y rogamos nos ayuden a cumplir nuestro anhelo: “así que le ruego encarecidamente y de todo corazón, pues me allo sola y me acuerdo mucho de mis hijos, me diga si sabe dónde se alla la colonia o sabe la dirección para comunicarme con ellos.”
Además, aunque no nos vaya a hacer recuperar la vida que teníamos antaño, también debemos exhortar a los gobernantes que no han pagado los sueldos de nuestros difuntos. Como heredera, empobrecida por la guerra y la falta de sustento durante décadas, alcé mi voz a través de un escribano que me ayudó a llevar mi súplica a palacio en 1585.
En la guerra, a veces incluso parece que tengo que solventar el egoísmo y la falta de juicio de quien, se supone, me quiere bien. Mis familiares y marido casi me cuestan la vida sin siquiera pretenderlo.
Para alegrar el espíritu de tanta desgracia nada hay como viajar. En mis cartas he aprovechado para hablar de las maravillas extranjeras aunque eche de menos a los que quedan en casa. Contarnos lo que experimentamos nos mantiene cercanos, al día de nuestros alejados círculos y con novedades y recomendaciones para el divertimento. Aunque el privilegio de viajar con lujo no era de todas y, en ocasiones, traía consigo situaciones dispares, sobre todo si nos encontramos en tiempos convulsos y escasa de cuartos. Que bien recuerdo, al cruzar la frontera, que nos sometimos a revisiones y cacheos para el control del contrabando.
A medida que pasan los años, me encuentro escribiendo y recibiendo cartas en las que las despedidas, los achaques y la muerte cobran protagonismo.
Antes, te hablé de mi trabajo como maestra o literata. Si ya es poco común imaginar que antaño una mujer recibiera reconocimiento público o remuneración por su trabajo, suele ser aún más difícil de creer que algunos de esos trabajos fueran de gran responsabilidad o altos cargos. Por suerte, la documentación conservada en los archivos dice otra cosa. Entre expedientes y legajos encontré mi solicitud de jubilación, guardada en el archivo de la Hermandad del Refugio, de cuando ejercí orgullosa como rectora del Colegio de la Inmaculada, debido a que mi estado de salud y la cantidad de años trabajados me requerían descansar en mi tierra natal.
Atesoro en especial los momentos de regocijo que aún me concede la vida. Ver como he dejado huella en algunas personas es de lo más entrañable, me hace sentir a mí, Rosalía de Castro, que mi paso por esta vida ha valido la pena y así escribo a mis muchos años unas últimas cartas.
Quiero agradecerte el tiempo que has invertido en escuchar estas historias. Esta es una pequeña muestra de mi larga vida, de la vida de mujeres que escriben, unos breves capítulos en la biografía de algunas de nosotras, muchas otras las encontrarás allí, en los archivos.
Que este tiempo que hemos compartido sirva también para dejar huella. Una huella imborrable en tí, en mí, en todos y todas nosotras. Y que la próxima vez que nos veamos, sea para contarte que lo hemos conseguido, que ahora sí somos dueñas de la pluma con la que escribimos nuestras propias historias.
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